El que sigue, surgió de la confluencia entre una consigna de taller y una imagen muy fuerte que vi por televisión, pero andando por la calle, sea tierra o empedrado...
El hermano mayor espera su turno para volver a la casa con la leche que le encargó la madre. Diego, se llama, y espera en la fila. Todos los del pueblo se enteraron que por estos días reparten - no digas regalan, dice su mamá-, leche para los que quieren llegarse hasta la carpa improvisada en la plaza. De boca en boca corrió el aviso; rápido corrió, mucho más que un chisme o una mala noticia. Época de vacas flacas, decían algunos, pero flacas y todo, la leche está acá y no hay que poner un peso. Sólo basta un recipiente, un algo donde llevarla.
Llega el turno de Diego. Entra a la carpa, y sonriendo le acerca, a un hombre que lo dobla en tamaño, una olla para grandes guisos.
-Buen día-dice el hombre sin mirar a Diego mientras vierte la leche dejando más de la mitad de la olla vacía.
- Hola-responde ansioso Diego -, mire que yo puedo llevar la olla cargada. Ponga tranquilo, que así como me ve, tengo fuerza.
-Es un litro nomás.
-¿Cómo un litro?
-Lo que escuchas, un litro cada vez.
-Pero nosotros somos siete sin contar a mi mamá.
-Lo siento, pibe. La cosa es así.
- Hago la fila de nuevo.
-Un litro por persona y por día.
-Pero un litro alcanza sólo para cuatro…
-Escuchame pibe, no te puedo dar más que un litro.
-No nos alcanza para tomar un vaso cada uno.
-¿Cuántos años tenes?
-Catorce.
-¡Catorce! Todo un muchachón.
-Sí
-Entonces no es necesario que tomes.
-¿Por qué?- pregunta perplejo Diego.
- Porque siete menos uno, es seis.
- Yo sé restar don, pero no le entiendo.
-Uno menos para tomar.
- ¿Cómo? Sí, no sé, puede ser, pero ¿y mis otros hermanitos qué?
-No sé qué edades tendrán…
-¿Qué me está diciendo? ¿Que los deje sin la leche?
-Mmmm, que sé yo, la matemática es así.
- ¡Pero esto no es matemática!
-Sumar, restar…
-No me joooda, yo voy a la escuela.
-Entonces, ¿qué esperas? Dejame seguir, ¿no ves la cola?
-Espero, porque un litro no alcanza para seis. No al-can-za.
-¿Sabes dividir? En vez de tomar un vaso cada uno, toman medio y hasta alcanza para tu vieja.
-¿Sabes qué le hacen por acá a los sobradores como vos?
-Mirá pendejo, encima que te regalan…
-¡A mí nadie me regala nada! Ustedes la están repartiendo.
-Ah, mirá vos… además de saber apretar los puños, sabes diferenciar las palabras…Rajá.
-¿Y cómo sabe que me da justo un litro?
-Es así y punto. Dejame de hinchar y ándate.
-¿Cómo sabe que me da justo un litro?
-Shhhhh, no grites pendejo y tomatelas.
-¿Y yo cómo sé que me está dando el litro de leche que me corresponde, viejo puto?
-¿Vos querés que te cague a palos?
-¿Cómo sé? ¿Cómo séééé?
Afuera, la fila se desordena por la espera y el escándalo. Alguien se acerca a Diego y le dice que se vaya, que hay mucha gente y que se impacienta. Que por favor se vaya.
-Vamo a ver quién tiene razón-escupe Diego y se va. No le importa nada que lo esten mirando. Camina rápido, si total, así, la olla es un insulto.
Mañana, hará la cola otra vez. Piensa en llevar a sus hermanos. Imagina que el más chiquito tendrá que estar a upa de la de seis. Duda si asegurarse una ollita por cada uno, pequeñas, pero siete, o en juntarse con alguien y cagar a trompadas al viejo ese. Mejor hacer primero una cosa, y la otra, después.
Irene Ferrari
11 de mayo de 2016
El hermano mayor espera su turno para volver a la casa con la leche que le encargó la madre. Diego, se llama, y espera en la fila. Todos los del pueblo se enteraron que por estos días reparten - no digas regalan, dice su mamá-, leche para los que quieren llegarse hasta la carpa improvisada en la plaza. De boca en boca corrió el aviso; rápido corrió, mucho más que un chisme o una mala noticia. Época de vacas flacas, decían algunos, pero flacas y todo, la leche está acá y no hay que poner un peso. Sólo basta un recipiente, un algo donde llevarla.
Llega el turno de Diego. Entra a la carpa, y sonriendo le acerca, a un hombre que lo dobla en tamaño, una olla para grandes guisos.
-Buen día-dice el hombre sin mirar a Diego mientras vierte la leche dejando más de la mitad de la olla vacía.
- Hola-responde ansioso Diego -, mire que yo puedo llevar la olla cargada. Ponga tranquilo, que así como me ve, tengo fuerza.
-Es un litro nomás.
-¿Cómo un litro?
-Lo que escuchas, un litro cada vez.
-Pero nosotros somos siete sin contar a mi mamá.
-Lo siento, pibe. La cosa es así.
- Hago la fila de nuevo.
-Un litro por persona y por día.
-Pero un litro alcanza sólo para cuatro…
-Escuchame pibe, no te puedo dar más que un litro.
-No nos alcanza para tomar un vaso cada uno.
-¿Cuántos años tenes?
-Catorce.
-¡Catorce! Todo un muchachón.
-Sí
-Entonces no es necesario que tomes.
-¿Por qué?- pregunta perplejo Diego.
- Porque siete menos uno, es seis.
- Yo sé restar don, pero no le entiendo.
-Uno menos para tomar.
- ¿Cómo? Sí, no sé, puede ser, pero ¿y mis otros hermanitos qué?
-No sé qué edades tendrán…
-¿Qué me está diciendo? ¿Que los deje sin la leche?
-Mmmm, que sé yo, la matemática es así.
- ¡Pero esto no es matemática!
-Sumar, restar…
-No me joooda, yo voy a la escuela.
-Entonces, ¿qué esperas? Dejame seguir, ¿no ves la cola?
-Espero, porque un litro no alcanza para seis. No al-can-za.
-¿Sabes dividir? En vez de tomar un vaso cada uno, toman medio y hasta alcanza para tu vieja.
-¿Sabes qué le hacen por acá a los sobradores como vos?
-Mirá pendejo, encima que te regalan…
-¡A mí nadie me regala nada! Ustedes la están repartiendo.
-Ah, mirá vos… además de saber apretar los puños, sabes diferenciar las palabras…Rajá.
-¿Y cómo sabe que me da justo un litro?
-Es así y punto. Dejame de hinchar y ándate.
-¿Cómo sabe que me da justo un litro?
-Shhhhh, no grites pendejo y tomatelas.
-¿Y yo cómo sé que me está dando el litro de leche que me corresponde, viejo puto?
-¿Vos querés que te cague a palos?
-¿Cómo sé? ¿Cómo séééé?
Afuera, la fila se desordena por la espera y el escándalo. Alguien se acerca a Diego y le dice que se vaya, que hay mucha gente y que se impacienta. Que por favor se vaya.
-Vamo a ver quién tiene razón-escupe Diego y se va. No le importa nada que lo esten mirando. Camina rápido, si total, así, la olla es un insulto.
Mañana, hará la cola otra vez. Piensa en llevar a sus hermanos. Imagina que el más chiquito tendrá que estar a upa de la de seis. Duda si asegurarse una ollita por cada uno, pequeñas, pero siete, o en juntarse con alguien y cagar a trompadas al viejo ese. Mejor hacer primero una cosa, y la otra, después.
Irene Ferrari
11 de mayo de 2016
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