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viernes, 25 de enero de 2019

Cartas












                                                                                                                                             25 de Febrero 1978
Laura, mi nena hermosa:
¿Cómo estás? Recién me fui y ya te extraño. Te extrañamos con papá. Hicimos un acuerdo: yo escribo y él cocina. No sé si es un buen trato, digo porque ya conocemos los gustos de papá. ¡Pobre! Con lo que se esfuerza y nosotras nos reímos.
Ay Lauri, faltan pocos días para que empiecen  las clases y no puedo creer que ya estés en primer grado. Estamos felices y un poco tristes también porque no podemos estar con vos, pero ya sabés que tuvimos que irnos a trabajar, venirnos a trabajar, lejos de ustedes. Es un tiempo nomás, ya les explicamos. Antes de que me olvide, no peleen con tu hermana y no hagan renegar a la abuela. Pedile al tío que les saque una foto juntas con el guardapolvo. No le hagas burla a tu hermana con eso de que ella tiene el de cuadritos todavía… ¿dale? Y déjate hacer las trenzas que después te agarrás piojos y zas, tijera eh.
Te prometí la muñeca y la voy a encontrar: una morocha y de ojos claros, que no sea tan bebota, pero que llore cuando la des vuelta. ¡Uff! Cuántas cosas me tengo que acordar. Papá me llama para comer. No tengo idea qué cocinó. Espero que no sean esas albóndigas raras que le gustan sólo a él.
Lau, no te asustes de la escuela. En poco tiempo vas a poder leer solita las historias que te gustan.
Te dejo un beso grande (a tu hermana le mandé uno en su carta, sí una carta para cada una, Lauri. No peleen). ¡Feliz comienzo! Las amamos.
Papá y mamá.

Laura dice que sí con la cabeza, pero no entiende por qué tuvieron que irse a trabajar a otro lugar. La mamá es empleada de oficina y el papá, tornero. Hasta hace poco les iba bien, al menos es lo que ellos decían. No trabajan en la misma fábrica, pero ahora se ve que sí, que fueron a la misma. ¡De un día para el otro se fueron! Cuando la abuela termina de leer la carta, se saca los anteojos y se da vuelta. De espaldas a la nieta, le dice que es hora de dormir y que se acostumbre a acostarse temprano porque el lunes empiezan   las clases. Que es un día muy importante y ya escuchaste lo que te pide tu mamá, dejame que te haga las trenzas. La voz de la abuela suena distinta, un poco triste; a lo mejor no recibió una carta para ella sola. Debe ser por eso. Pero al leer las cartas que le mandan a Laura y a la hermana, es como si le escribieran a ella también.
Laura está que no entiende nada con esto de que los padres se fueron. Pero también, un poco contenta porque la mamá no se olvida de la promesa.




                                                                                                                                                        Marzo 1978
¡Hola, mi amor!
¿Cómo estás? Me contó la abuela que te encanta el colegio. Me alegra mucho, nos alegra mucho. Papi dice que mejor te siga escribiendo yo. Dice que soy mejor embajadora. Preguntale a la abuela que quiere decir embajadora. Todavía no encontré la muñeca, pero siempre que tengo un poco de tiempo, salgo a buscarla. Supongo que te estas portando bien, la abuela dice que sí. ¿Le creo? Con papá tenemos mucho trabajo, por eso nos vamos a quedar un tiempo más en este lugar. No es lindo acá, por eso no nos pueden venir a visitar. Me gustaría ver tu cuaderno, hija. Cuidate que en un tiempito se viene el fresquete.
Beso grande de mamá y otro de papá.

-¿Vos le escribiste que me gusta el colegio?- le protesta Laura a la abuela. No le gusta nada nada el colegio. Los compañeros, y a veces la maestra también, le preguntan por sus papás. La miran con los ojos abiertos como un huevo frito y tuercen la cabeza como diciendo pobrecita. Así la primera vez. La segunda, hacen más preguntas como si no le creyeran. Laura les dice que están lejos porque tuvieron que irse a trabajar a otro lugar.

-¡Abuela, le dijiste cualquier cosa a mamá! La escuela es fea, las sillas son chiquitas y no me gusta que me pregunten.
- Ya te dije, la fábrica tiene una sucursal. Decí eso en la escuela.
-Es que me olvidé qué quiere decir sucursal.
-Es cuando una misma fábrica tiene las máquinas en lugares distintos, en distintos edificios. Por ejemplo una está acá nomás, la que vos conoces. Otra puede estar…
-En un barrio más lejos. Pero por qué le dijiste a mi mamá que…
-¡Claro, una sucursal puede estar en otro barrio!- La abuela se hace la distraída y no le responde eso de que le dijo cualquier cosa a la mamá. 
-¿Falta mucho para que vuelvan? 
- Estas esperando la muñeca…
-Los extraño-  No lo dice, pero  un poco también piensa en la muñeca.



Laura, mi amor:
No sabes cómo te vamos a extrañar extrañamos. A las dos, claro. Pero esta es tu carta. ¡Qué bueno que te lleves bien con tus compañeros! Nos alegramos mucho. Papá sigue con eso de que mejor escriba yo. Ahora debes conocer más números y más letras. Pronto vas a poder leer y escribir. Me gustaría ayudarte con la tarea. Supongo que la abuela te ayuda. Cualquier cosa, le pedís al tío. Él sabe de todo. Menos de fútbol, sabe de todo.
No la hagas llorar a tu hermana, pensá que sos la mayor y te busca para jugar.
Lau, estos meses seránson muy duros lejos de ustedes, pero es lo mejor para todos. Abrigate y aunque no te guste el gorro que te tejí (es un poco feo, tenés razón), úsalo hasta que aprenda a tejer mejor. ¡Por favor no te enfermes!
Te quiero hasta el cielo. Mamá.
 PD: papá te manda un beso de luna.

- ¡Pero si no los quiero a mis compañeros! Te dije que me siguen preguntando. ¡Le contás cualquier cosa a mis papás!- Y le saca la carta  a la abuela.
-Lauuuura. Mi a-mo. Mor. Amor- lee en voz alta.
-Dame-.Y la abuela se queda con la hoja que se arrugó en el tironeo. Le duele ver cómo se aguanta la nieta para no llorar.  La pucha con esto de las cartas, piensa. No fue la mejor idea.
“Ahora debes conocer más letras”, repite Laura cómo si hubiera leído las líneas que su madre escribió en el apuro de aquella noche.
 ¡Y claro que conoce más letras! Y ya sabe escribir su nombre. El de la hermana no lo practica, pero el suyo le sale. Y ella no hace llorar a la hermana, lo que pasa es que Violeta llora por cualquier cosa. Y eso de ser la mayor… Mejor apurarse por aprender a leer todo seguido. Y a escribir todas las letras para responder ella solita las cartas y contar la verdad. Y para leer las cartas que le escriben a la hermana.
¿Le habrán conseguido el oso a Violeta?
 -Bueno, ahora leé la de Violeta. ¡Violetaaa!
La hermana se acerca despacio. Le interrumpieron el juego con los rasti.
 -La abu te quiere leer la carta de mamá y papá ¿si?
La abuela saca una hoja de un sobre y lee.
Querida Violeta. Papá y mamá tienen mucho trabajo, portense bien y no se peleen. No me olvido de tu oso.
-¿No dice nada más?
-Ay corazón, tengo muchas cosas qué hacer.

 Cuánto faltará para que vuelvan, piensa Laura. Está un poco triste por lo de la muñeca. “Un beso de luna”, repite Laura y se le pone la piel de gallina. Así la saluda el papá cuando se va a dormir. Extraña que la duerma después de leerle un cuento con un beso que primero fue de queso y después de luna. Cuánto faltará para que vuelvan. La mamá no escribió nada sobre la muñeca. O no la consiguió o se olvidó. ¿O costará mucha plata? Eso de no decir nada de la muñeca, qué raro.

-¿Cuándo vuelven, abuela?
-La voy a bañar a Violeta y después te ayudo con la tarea.
-¿Cuándo vuelven?


Laura:
En la carta de la última vez, me olvidé de contarte que vi una muñeca que llora, pero no es morocha y es muy bebota. A veces no encuentro el tiempo para buscar. Salgo de noche porque hay mucho trabajo. Pero pienso todo el tiempo en ustedes, en cómo les estará yendo…Yo sé que es difícil de entender que nos tengamos que ir  hayamos tenido que ir tan lejos …por favor no hagas renegar a la abuela y abrígate que el invierno es traicionero.
Besos, hijita.

A la abuela se le atragantan las palabras; intenta corregir algunas, las transforma, pero Laura se da cuenta. Por favor, no hagas renegar a la abuela. Laura protesta porque ella se está portando bien. ¡Pero si me estoy portando bien! Y además la mamá habla del invierno y en la escuela hace rato que están preparando el festejo de la primavera. ¡Y en todos los barrios tiene que ser primavera! ¿O no?
¿La abuela lee cualquier cosa? ¿Por qué les miente a sus papás? Y por qué las palabras le salen así, como cuando las personas se aguantan de llorar. Le saca la carta y  ve que algunas palabras están tachadas. Le pregunta, por qué está tachado. Y si está tachado es que no dice nada, corazón.  Laura retruca: Si hay las letras, dice algo.
- Lau, no tiene importancia si está tachado. Quizá tu mamá quiso escribir una cosa y le salió mal. ¿A vos no te pasa?
-Sí, pero borro y lo hago de nuevo. 
La abuela le pide que le devuelva la carta. Se lo pide bien.
-¡No, porque es mía!
-Dame, Laurita.
- Quiero saber qué dice en lo tachado.
-¡Laura!
-“La co-sa es-tá bra-va”- lee Laura.
-¡Damela Laura!
- ¿Qué quiere decir, eso?  
-No sé, se habrá equivocado. No me quiero enojar, Laura. Devolveme la carta.
-¡Yo estoy enojada!
-No grites que tu hermana está durmiendo.
- ¡Le mentís a mis papás! ¡Y me mentís a mí!
-¡No!
-¡Mentirosa!
-¡No grites que tu hermana está durmiendo!
- ¡Quiero que vuelvan ya!- La abuela se calla; muda se queda.
               - ¿Por qué mentís?
-¡Basta, Laura!
-¡Decime!- La abuela no responde, se cubre la cara, se cruza de brazos, los descruza, camina en una dirección y en otra. Respira fuerte. Recuerda la urgencia de la última noche que vio a su hija.
Laura piensa para qué pidió tantas veces la muñeca. A lo mejor se fueron lejos para poder conseguirla. Pero no, se fueron por el trabajo. O para qué fueron. Abuela, no quiero más la muñeca. Quiero a mi mamá y a mi papá.
La abuela se sienta en una silla. Parece más chiquita, así, mirando para abajo, y sin decir nada, como si la hubieran retado y mandado a la penitencia. ¡Abuela!  Laura se sienta en el piso y espera. ¡Decime abuela! Y espera.
La abuela no la mira. Le cuesta, porque no sabe qué decirle. Pero sabe qué sucede. No todo, pero algo sí.
Algo sí. Lo que  no sabe es dónde están, dónde están su hija y su yerno ahora. Y no sabe tampoco qué hacer con la muñeca que su hija escondió, aquella noche, después de haber llorado mientras escribía cada una de las cartas.


2016/2017

martes, 15 de enero de 2019

( de las urgentes que surgen)

 Ella tiene rostro de silencio. 

No le permiten entrar

que espere el telegrama,

le dicen.
Atrás queda la hilandería.


Ellas tienen rostro de silencio.

No les permiten entrar

que esperen el telegrama
 les dicen.


Atrás
queda la hilandería.
Cerrada, queda.

Ellas tienen rostro de silencio.

Ellas tienen rostro.

Ellas, otros, ellos.
El silencio estalla.

23-02-2017

Ilustraciones: Azul Rodriguez
                         @azul alumine

Hasta donde llegue

¿ Es posible desprenderse de los ropajes
que vestimos en la infancia?
          esos que se aprenden
aprehenden
aun cuando hayamos dado
 mil saltos
aun cuando ya no tengamos
que ventajear, ni escupir
ni escondernos
ni vender cajitas de fósforos
ni complacer
ni acomodarnos
aun cuando algo haya cambiado
y alrededor
todo sea un abrazo.

domingo, 13 de enero de 2019

Modos de amor I



Amanecen flor
                           bellas   
serenas
                 poderosas

pero
no esperan
nada

saben
-al revés del cuento-
que levantarse
                               calabaza
es lo verdadero.

Cuento I

Escondida


-Rocíoooo, Santiagoooo.

¡Qué suerte!, pensé hoy. Mamá llegó más temprano del trabajo. No pasa siempre. Por eso apenas la escuchamos, corrimos a abrazarla. No le dimos tiempo a sacarse el piloto  y quisimos jugar a la escondida. No a la que juegan todos. Nos gusta la que mamá inventó.
Es así: tenés que pensar un lugar, pero no te escondés en serio, te quedás parada o sentada donde te ven todos, pero hacemos que estás escondida.  Por ejemplo: si a mi hermano le toca descubrir  que estoy  en el jardín de la abuela Esther, tengo que decir cómo me tapa el rosal o el limonero, por qué no se me ve ni la punta de un pie y así.  En eso Santiago me gana, él sabe más de todo.
Y otra cosa que inventó mamá: hay que estar muy concentrados, si no,  no vale. Y hay que cumplir las reglas,   esto no sé quién lo inventó.
   
-¿Por qué viniste más temprano?
-Porque… porque sí- y se fue a sacar los zapatos que es lo que más le gusta en el mundo. Eso, jugar con nosotros y tomar mate dulce.

Se tropezó con la mesa del comedor cuando fue para la cocina a calentar la pava.  Fue un poco gracioso eso,  pero pobre estaba  rara. Después se tomó unos mates y  entonces ¡por fin! vino a jugar. 

-Vengan a ver el cielo- nos llamó Santiago que estaba cerca de la ventana.

Lo empujé para ver mejor. Estaba oscuro afuera. Mamá miró así nomás y dijo sí, que feo se viene el asunto y se sonó los dedos. Después volvió a la cocina.

-¡Mamá! ¿Empezamos?
-Sí, ya voy. Vayan pensando. ¿Quién cuenta?
-Yo nooo.
-Yo tampoco.
-Está bien, cuento yo, pero no vale repetir escondites de otras veces.

Uno, dos, tresempezó.

 Así no vale, pensé, así no se juega¿no era que había que estar concentrados? La fui a espiar. Cuatro, cinco, seissiguió contando. Paradita en la puerta de la cocina estiré el cuello para ver qué hacía.  Abrió la heladera. Siii, ojalá haga panqueques. A mí me gustan con dulce de leche, y si no hay, no importa, le pongo azúcar. Pero en la mesada mamá tiró cebollas, zanahorias, tomates.  ¡Y cómo cortaba! Tiquitiqui la zanahoria, tiquitiqui la cebolla.
  Miraba el cielo por el ventiluz  y pensé que cómo no había sacado la ropa de la soga… Siempre  se va a trabajar apurada y enseguida se dice de todo porque se olvida de acordarse. Pero no fue a sacar nada. Estaba toda quieta,  menos los ojos que se le movían, toda quieta. ¡Qué rara! Cuando jugamos a las estatuas no le sale bien. Se quedó así hasta que un relámpago hizo esa luz como en las películas de miedo. Yo conté cuánto tiempo tardaba en llegar el trueno y mamá dejó de estar quieta y tiquitiquitiquitiqui.
Otro relámpago, otro trueno. Dos relámpagos, dos truenos.
Mamá volvió a mirar por el ventiluz. Yo quería saber  por qué las cejas se le juntaban y se le hacían arrugas en la frente. Toda la cara se le hizo así. Las caras siempre dicen algo. Si están contentas, tristes. O si tienen un secreto.
 A Santiago y a mí nos gusta la lluvia gorda. Él me dice que no se dice así, pero como yo me imagino que las gotas son gordas…porque ¡hacen un ruido en la chapa del techo! Y si caen muchas juntas, nos tapamos las orejas y nos destapamos, nos tapamos y nos destapamos. Pero  a mamá me parece que no le gusta ni gorda ni nada porque cuando hoy escuchamos ruido en el techo del patio, cerró los ojos. Después los abrió y se quedó mirando la calle.

Yo me acordé que una vez  nos contó  de cuando era chica y vino una tormenta y el río subió mucho y se llevó todo. Todo. Hasta un osito que dormía con ella. Y que lo vio en el agua. Y lo vio irse lejos. Y que tuvo miedo, nos contó también. Y otras cosas vio, pero no nos dijo qué cosas. Por suerte la calle de nosotros es una calle, no un río. Qué rara estaba mamá. Yo quería que juegue como siempre. 
Volví con mi hermano.

- ¿Y, má?
-No terminé de contar. ¿Ustedes ya se escondieron?
-Vení con nosotros.
-Ya voy, Rocío, ya voy.

¿Por qué jugaba desde la cocina?

-Má, ¿por qué jugás desde la cocina?

Santi y yo peleamos. Él se quería esconder  en un vagón del subterráneo y a mí me gustaba que se escondiera en su salón de quinto grado.

-¡Escondete vos en mi salón de quinto grado!
-Es que es difícil, Santiago.
-Y bueno, pensá en un escondite más fácil.
-¡Por eso!¡Yo quería el vagón del subterráneo!
-Yo lo elegí primero, Rocío.

Tiene razón cuando me dice así, pero igual es un tonto. La tironeé de la blusa a mamá y Santiago puso cara de dale juguemos .Al final, mamá dejó la comida para después.
Ella, a veces hace trampa para que la escondida dure más tiempo.

-Empecemos de nuevo-dijo mamá.

 -¡Y dale, contá!-le dijo Santiago. Ella lo miró diciendo que sí con la cabeza. Pero no contó nada. Se levantó y se fue.

-¡Pero mamá! ¿Adónde vas? Después  decís  que hay que comer, acostarse, dormir…

Nos quedamos esperando.  Santiago encontró una bolsa de caramelos en el piloto de mamá. Ella siempre trae  caramelos o alfajores. Santiago eligió uno de naranja y yo uno de menta.  Sabíamos que a mamá no le iba a gustar mucho lo de los caramelos porque nos comimos un montón, pero ella también, ¡tardaba tanto! Yo me metí en la boca varios juntos; se me hizo una bola toda pegajosa que casi me atraganto.  Una vez me pasó eso con un carozo y me asusté. Mamá no, y me metió la mano en la boca y me lo sacó. 

-Mamaaaáá,  me estoy aburriendo. Vení a jugaaar
-¡Callate, nena! Debe estar en el baño.
-¡Me callo si se me da la gana!
-Callate.

 Es gracioso cómo se escuchan las muelas cuando mastican. Y más si la tele no está prendida.  

-Maaaa- la llamó Santiago y se levantó. Yo también me levanté. Lo seguí hasta el baño. Golpeó la puerta. Le dije que golpeara más fuerte.  Me hizo caso. Casi nunca me hace caso.  Esperó un poco y entró.  Mamá no estaba.

-¡Pero así es la escondida que juegan todos! Yo quiero la que jugamos siempre.
-Pará Rocío, ¡no hicimos las camas!
-Uhhhhh…

Santiago tuvo razón,  nos habíamos olvidado. Llegué a la pieza pensando en decirle a mamá que siempre las hacemos, que no era para enojarse… No estaba. ¿Pero entonces? Un poco me enojé , porque las reglas son las reglas. Si inventamos, hay que cumplirlas.

La pieza de mamá era el último lugar para encontrarla. Me gusta que le guste jugar, pero así era feo.  Tenía que estar porque si no… Yo no la había visto salir de la casa. Era feo no encontrarla…Y además es trampa. Las reglas son las reglas.
Santiago entró primero y prendió la luz. El viento golpeaba las persianas y tuve que ayudar  a mi hermano a cerrar el ventanal. ¡Se estaba mojando todo! No sé, pero a veces la lluvia viene derechita, a veces no y se mete por cualquier lado. Y si el viento es fuerte, uy peor. A mí se me mojó un poco el buzo y a Santiago, no sé, pero qué raro que nosotros tuvimos que cerrar el ventanal porque es lo primero que hace mamá cuando los días son así.

 -¿Dónde está, Santi?
-No sé, Rocío, me estás apretando el brazo.
- Fue sin querer, nene.

Todavía no entiendo lo que pasó: cuando estábamos en la pieza de mamá escuchamos un hipo en el ropero. Nos acercamos despacio, como el día que encontramos un perrito y lo levantamos con cuidado para no asustarlo.
 Yo no me animé, pero mi hermano sí y abrió las puertas del ropero.

-¡Pero mamá, así no vale!
-Shhhh- me dijo mi hermano, y sin querer caminamos para atrás. Un poquito nomás.

Es que mamá estaba entre la ropa. Sí, y con la cabeza para abajo. Parecía un bicho bolita, creo que se doblan así los bichos bolita. Como yo cuando me pongo triste y no me aguanto no llorar.


-Mami- dijo Santiago y ella nos miró.

A mí me empezó a doler la panza.
Mamá tenía los ojos hinchados y rojos.  Pobrecita que estaba así.
Santiago la miraba. Qué tonto, la miraba y se mordía los labios. Después, las uñas. Yo pensé ¿y ahora? Porque para mí, él también tenía ganas de llorar.

 Al final,  Santiago se acercó a mamá y se agachó. Quise ir con él, pero me quedé y vi cómo le hacía caricias en el pelo.  La cabeza y los hombros le subían y le bajaban a mamá,  igual que me pasa a mí cuando lloro sin lágrimas.
Por suerte a Santiago se le ocurrió decirle:

-Ya pasa mami, ya pasa.

hay algo en la fotografía

acercarse a un grillo
como al desamparo

sumergirse en aquella lágrima
como en un aleteo

perderse en un jazmín abierto
como en la tejedora que suda

entregarse al vaivén de una hamaca
como a la mirada de un niño


hay algo amoroso