25 de Febrero 1978
Laura, mi nena hermosa:
¿Cómo estás?
Recién me fui y ya te extraño. Te extrañamos con papá. Hicimos un acuerdo: yo
escribo y él cocina. No sé si es un buen trato, digo porque ya conocemos los
gustos de papá. ¡Pobre! Con lo que se esfuerza y
nosotras nos reímos.
Ay Lauri,
faltan pocos días para que empiecen las
clases y no puedo creer que ya estés en primer grado. Estamos felices y un poco tristes también porque no podemos estar
con vos, pero ya sabés que tuvimos que irnos a trabajar, venirnos a trabajar,
lejos de ustedes. Es un tiempo nomás, ya les explicamos. Antes de que me olvide, no peleen con tu hermana y no
hagan renegar a la abuela. Pedile al tío que les saque una foto juntas con el
guardapolvo. No le hagas burla a tu hermana
con eso de que ella tiene el de cuadritos todavía… ¿dale? Y déjate hacer las trenzas que después te agarrás
piojos y zas, tijera eh.
Te prometí
la muñeca y la voy a encontrar: una morocha y de ojos claros, que no sea tan
bebota, pero que llore cuando la des vuelta. ¡Uff! Cuántas cosas me tengo que acordar.
Papá me llama para comer. No tengo idea qué cocinó. Espero que no sean esas albóndigas raras que le gustan sólo
a él.
Lau, no te
asustes de la escuela. En poco tiempo vas a poder leer solita las historias que
te gustan.
Te dejo un
beso grande (a tu hermana le mandé uno en su carta, sí una carta para cada una,
Lauri. No peleen). ¡Feliz comienzo! Las amamos.
Papá y mamá.
Laura dice
que sí con la cabeza, pero no entiende por qué tuvieron que irse a trabajar a
otro lugar. La mamá es empleada de oficina y el papá, tornero. Hasta hace poco
les iba bien, al menos es lo que ellos decían. No trabajan en la misma fábrica,
pero ahora se ve que sí, que fueron a la misma. ¡De un día para el otro se
fueron! Cuando la abuela termina de leer la carta, se saca los anteojos y se da
vuelta. De espaldas a la nieta, le dice que es hora de dormir y que se
acostumbre a acostarse temprano porque el lunes empiezan las clases. Que es un día muy importante y ya escuchaste lo que te pide tu mamá, dejame que te haga las trenzas. La voz
de la abuela suena distinta, un poco triste; a lo mejor no recibió una carta
para ella sola. Debe ser por eso. Pero al leer las cartas que le mandan a Laura
y a la hermana, es como si le escribieran a ella también.
Laura está
que no entiende nada con esto de que los padres se fueron. Pero también, un
poco contenta porque la mamá no se olvida de la promesa.
¡Hola, mi amor!
¿Cómo estás? Me contó la
abuela que te encanta el colegio. Me alegra mucho, nos alegra mucho. Papi dice
que mejor te siga escribiendo yo. Dice que soy mejor embajadora. Preguntale a
la abuela que quiere decir embajadora. Todavía no encontré la muñeca, pero
siempre que tengo un poco de tiempo, salgo a buscarla. Supongo que te estas
portando bien, la abuela dice que sí. ¿Le creo? Con papá tenemos mucho trabajo,
por eso nos vamos a quedar un tiempo más en este lugar. No es lindo acá, por
eso no nos pueden venir a visitar. Me gustaría ver tu cuaderno, hija. Cuidate
que en un tiempito se viene el fresquete.
Beso grande de mamá y otro
de papá.
-¿Vos
le escribiste que me gusta el colegio?- le protesta Laura a la abuela. No le
gusta nada nada el colegio. Los compañeros, y a veces la maestra también, le
preguntan por sus papás. La miran con los ojos abiertos como un huevo frito y
tuercen la cabeza como diciendo pobrecita. Así la
primera vez. La segunda, hacen más preguntas como
si no le creyeran. Laura les dice que están lejos porque tuvieron que irse a
trabajar a otro lugar.
-¡Abuela, le dijiste
cualquier cosa a mamá! La escuela es fea, las sillas son chiquitas y no me
gusta que me pregunten.
- Ya te dije, la fábrica
tiene una sucursal. Decí eso en la escuela.
-Es que me olvidé qué
quiere decir sucursal.
-Es cuando una misma
fábrica tiene las máquinas en lugares distintos, en distintos edificios. Por
ejemplo una está acá nomás, la que vos conoces. Otra puede estar…
-En un barrio más lejos.
Pero por qué le dijiste a mi mamá que…
-¡Claro, una sucursal
puede estar en otro barrio!- La abuela se hace la distraída y no le responde
eso de que le dijo cualquier cosa a la mamá.
-¿Falta mucho para que
vuelvan?
- Estas esperando la
muñeca…
-Los extraño- No lo dice, pero un poco también piensa en la muñeca.
Laura, mi amor:
No sabes cómo te vamos
a extrañar extrañamos. A las dos, claro. Pero esta es tu carta. ¡Qué bueno
que te lleves bien con tus compañeros! Nos alegramos mucho. Papá sigue con eso
de que mejor escriba yo. Ahora debes conocer más números y más letras. Pronto
vas a poder leer y escribir. Me gustaría ayudarte con la tarea. Supongo que la
abuela te ayuda. Cualquier cosa, le pedís al tío. Él sabe de todo. Menos de
fútbol, sabe de todo.
No la hagas llorar a tu
hermana, pensá que sos la mayor y te busca para jugar.
Lau, estos meses seránson
muy duros lejos de ustedes, pero es lo mejor para todos. Abrigate y aunque no
te guste el gorro que te tejí (es un poco feo, tenés razón), úsalo hasta que
aprenda a tejer mejor. ¡Por favor no te enfermes!
Te quiero hasta el cielo.
Mamá.
PD: papá te manda un beso de luna.
- ¡Pero si no los quiero
a mis compañeros! Te dije que me siguen preguntando. ¡Le contás cualquier cosa
a mis papás!- Y le saca la carta a la
abuela.
-Lauuuura. Mi a-mo. Mor.
Amor- lee en voz alta.
-Dame-.Y la abuela se queda con la hoja que se arrugó en
el tironeo. Le duele ver cómo se aguanta la nieta para no llorar. La
pucha con esto de las cartas, piensa. No fue la mejor idea.
“Ahora debes conocer más letras”,
repite Laura cómo si hubiera leído las líneas que su madre escribió en el apuro
de aquella noche.
¡Y claro que conoce más letras! Y ya sabe
escribir su nombre. El de la hermana no lo practica, pero el suyo le sale. Y
ella no hace llorar a la hermana, lo que pasa es que Violeta llora por
cualquier cosa. Y eso de ser la mayor… Mejor apurarse por aprender a leer todo
seguido. Y a escribir todas las letras para responder ella solita las cartas y
contar la verdad. Y para leer las cartas que le escriben a la hermana.
¿Le habrán conseguido el
oso a Violeta?
-Bueno, ahora leé la de Violeta. ¡Violetaaa!
La hermana se acerca
despacio. Le interrumpieron el juego con los rasti.
-La abu te quiere leer la carta de mamá y papá
¿si?
La abuela saca una hoja
de un sobre y lee.
Querida Violeta. Papá y mamá tienen mucho trabajo, portense bien y no
se peleen. No me olvido de tu oso.
-¿No dice nada más?
-Ay corazón, tengo muchas
cosas qué hacer.
Cuánto faltará para que vuelvan, piensa Laura.
Está un poco triste por lo de la muñeca. “Un beso de luna”, repite Laura y se
le pone la piel de gallina. Así la saluda el papá cuando se va a dormir.
Extraña que la duerma después de leerle un cuento con un beso que primero fue
de queso y después de luna. Cuánto faltará para que vuelvan. La mamá no
escribió nada sobre la muñeca. O no la consiguió o se olvidó. ¿O costará mucha
plata? Eso de no decir nada de la muñeca, qué raro.
-¿Cuándo vuelven, abuela?
-La voy a bañar a Violeta y
después te ayudo con la tarea.
-¿Cuándo vuelven?
Laura:
En la carta de la última
vez, me olvidé de contarte que vi una muñeca que llora, pero no es morocha y es
muy bebota. A veces no encuentro el tiempo para buscar. Salgo de noche porque hay mucho trabajo. Pero
pienso todo el tiempo en ustedes, en cómo les estará yendo…Yo sé que es difícil
de entender que nos tengamos que ir
hayamos tenido que ir tan lejos …por favor no hagas renegar a la abuela
y abrígate que el invierno es traicionero.
Besos, hijita.
A la abuela
se le atragantan las palabras; intenta corregir algunas, las transforma, pero
Laura se da cuenta. Por favor, no hagas renegar a la abuela. Laura protesta porque
ella se está portando bien. ¡Pero si me
estoy portando bien! Y además la mamá habla del invierno y en la escuela
hace rato que están preparando el festejo de la primavera. ¡Y en todos los barrios
tiene que ser primavera! ¿O no?
¿La abuela
lee cualquier cosa? ¿Por qué les miente a sus papás? Y por qué las palabras le
salen así, como cuando las personas se aguantan de llorar. Le saca la carta
y ve que algunas palabras están
tachadas. Le pregunta, por qué está
tachado. Y si está tachado es que no
dice nada, corazón. Laura retruca: Si hay las letras, dice algo.
- Lau, no
tiene importancia si está tachado. Quizá tu mamá quiso escribir una cosa y le
salió mal. ¿A vos no te pasa?
-Sí, pero
borro y lo hago de nuevo.
La abuela
le pide que le devuelva la carta. Se lo pide bien.
-¡No, porque
es mía!
-Dame, Laurita.
- Quiero
saber qué dice en lo tachado.
-¡Laura!
-“La co-sa
es-tá bra-va”- lee Laura.
-¡Damela
Laura!
- ¿Qué quiere decir, eso?
-No sé, se habrá equivocado. No me quiero enojar,
Laura. Devolveme la carta.
-¡Yo estoy
enojada!
-No grites
que tu hermana está durmiendo.
- ¡Le
mentís a mis papás! ¡Y me mentís a mí!
-¡No!
-¡Mentirosa!
-¡No grites
que tu hermana está durmiendo!
- ¡Quiero
que vuelvan ya!- La abuela se calla; muda se queda.
- ¿Por qué mentís?
-¡Basta,
Laura!
-¡Decime!- La abuela no responde, se cubre la
cara, se cruza de brazos, los descruza, camina en una dirección y en otra.
Respira fuerte. Recuerda la urgencia de la última
noche que vio a su hija.
Laura
piensa para qué pidió tantas veces la muñeca. A lo mejor se fueron lejos para
poder conseguirla. Pero no, se fueron por el trabajo. O para qué fueron. Abuela, no quiero más la muñeca. Quiero a
mi mamá y a mi papá.
La abuela
se sienta en una silla. Parece más chiquita, así, mirando para abajo, y sin
decir nada, como si la hubieran retado y mandado a la penitencia. ¡Abuela!
Laura se sienta en el piso y espera. ¡Decime
abuela! Y espera.
La abuela
no la mira. Le cuesta, porque no sabe qué decirle. Pero sabe qué sucede. No
todo, pero algo sí.
Algo sí. Lo
que no
sabe es dónde están, dónde están su hija y su yerno ahora. Y no sabe tampoco qué
hacer con la muñeca que su hija escondió, aquella noche, después de haber
llorado mientras escribía cada una de las cartas.
2016/2017
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