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domingo, 13 de enero de 2019

Cuento I

Escondida


-Rocíoooo, Santiagoooo.

¡Qué suerte!, pensé hoy. Mamá llegó más temprano del trabajo. No pasa siempre. Por eso apenas la escuchamos, corrimos a abrazarla. No le dimos tiempo a sacarse el piloto  y quisimos jugar a la escondida. No a la que juegan todos. Nos gusta la que mamá inventó.
Es así: tenés que pensar un lugar, pero no te escondés en serio, te quedás parada o sentada donde te ven todos, pero hacemos que estás escondida.  Por ejemplo: si a mi hermano le toca descubrir  que estoy  en el jardín de la abuela Esther, tengo que decir cómo me tapa el rosal o el limonero, por qué no se me ve ni la punta de un pie y así.  En eso Santiago me gana, él sabe más de todo.
Y otra cosa que inventó mamá: hay que estar muy concentrados, si no,  no vale. Y hay que cumplir las reglas,   esto no sé quién lo inventó.
   
-¿Por qué viniste más temprano?
-Porque… porque sí- y se fue a sacar los zapatos que es lo que más le gusta en el mundo. Eso, jugar con nosotros y tomar mate dulce.

Se tropezó con la mesa del comedor cuando fue para la cocina a calentar la pava.  Fue un poco gracioso eso,  pero pobre estaba  rara. Después se tomó unos mates y  entonces ¡por fin! vino a jugar. 

-Vengan a ver el cielo- nos llamó Santiago que estaba cerca de la ventana.

Lo empujé para ver mejor. Estaba oscuro afuera. Mamá miró así nomás y dijo sí, que feo se viene el asunto y se sonó los dedos. Después volvió a la cocina.

-¡Mamá! ¿Empezamos?
-Sí, ya voy. Vayan pensando. ¿Quién cuenta?
-Yo nooo.
-Yo tampoco.
-Está bien, cuento yo, pero no vale repetir escondites de otras veces.

Uno, dos, tresempezó.

 Así no vale, pensé, así no se juega¿no era que había que estar concentrados? La fui a espiar. Cuatro, cinco, seissiguió contando. Paradita en la puerta de la cocina estiré el cuello para ver qué hacía.  Abrió la heladera. Siii, ojalá haga panqueques. A mí me gustan con dulce de leche, y si no hay, no importa, le pongo azúcar. Pero en la mesada mamá tiró cebollas, zanahorias, tomates.  ¡Y cómo cortaba! Tiquitiqui la zanahoria, tiquitiqui la cebolla.
  Miraba el cielo por el ventiluz  y pensé que cómo no había sacado la ropa de la soga… Siempre  se va a trabajar apurada y enseguida se dice de todo porque se olvida de acordarse. Pero no fue a sacar nada. Estaba toda quieta,  menos los ojos que se le movían, toda quieta. ¡Qué rara! Cuando jugamos a las estatuas no le sale bien. Se quedó así hasta que un relámpago hizo esa luz como en las películas de miedo. Yo conté cuánto tiempo tardaba en llegar el trueno y mamá dejó de estar quieta y tiquitiquitiquitiqui.
Otro relámpago, otro trueno. Dos relámpagos, dos truenos.
Mamá volvió a mirar por el ventiluz. Yo quería saber  por qué las cejas se le juntaban y se le hacían arrugas en la frente. Toda la cara se le hizo así. Las caras siempre dicen algo. Si están contentas, tristes. O si tienen un secreto.
 A Santiago y a mí nos gusta la lluvia gorda. Él me dice que no se dice así, pero como yo me imagino que las gotas son gordas…porque ¡hacen un ruido en la chapa del techo! Y si caen muchas juntas, nos tapamos las orejas y nos destapamos, nos tapamos y nos destapamos. Pero  a mamá me parece que no le gusta ni gorda ni nada porque cuando hoy escuchamos ruido en el techo del patio, cerró los ojos. Después los abrió y se quedó mirando la calle.

Yo me acordé que una vez  nos contó  de cuando era chica y vino una tormenta y el río subió mucho y se llevó todo. Todo. Hasta un osito que dormía con ella. Y que lo vio en el agua. Y lo vio irse lejos. Y que tuvo miedo, nos contó también. Y otras cosas vio, pero no nos dijo qué cosas. Por suerte la calle de nosotros es una calle, no un río. Qué rara estaba mamá. Yo quería que juegue como siempre. 
Volví con mi hermano.

- ¿Y, má?
-No terminé de contar. ¿Ustedes ya se escondieron?
-Vení con nosotros.
-Ya voy, Rocío, ya voy.

¿Por qué jugaba desde la cocina?

-Má, ¿por qué jugás desde la cocina?

Santi y yo peleamos. Él se quería esconder  en un vagón del subterráneo y a mí me gustaba que se escondiera en su salón de quinto grado.

-¡Escondete vos en mi salón de quinto grado!
-Es que es difícil, Santiago.
-Y bueno, pensá en un escondite más fácil.
-¡Por eso!¡Yo quería el vagón del subterráneo!
-Yo lo elegí primero, Rocío.

Tiene razón cuando me dice así, pero igual es un tonto. La tironeé de la blusa a mamá y Santiago puso cara de dale juguemos .Al final, mamá dejó la comida para después.
Ella, a veces hace trampa para que la escondida dure más tiempo.

-Empecemos de nuevo-dijo mamá.

 -¡Y dale, contá!-le dijo Santiago. Ella lo miró diciendo que sí con la cabeza. Pero no contó nada. Se levantó y se fue.

-¡Pero mamá! ¿Adónde vas? Después  decís  que hay que comer, acostarse, dormir…

Nos quedamos esperando.  Santiago encontró una bolsa de caramelos en el piloto de mamá. Ella siempre trae  caramelos o alfajores. Santiago eligió uno de naranja y yo uno de menta.  Sabíamos que a mamá no le iba a gustar mucho lo de los caramelos porque nos comimos un montón, pero ella también, ¡tardaba tanto! Yo me metí en la boca varios juntos; se me hizo una bola toda pegajosa que casi me atraganto.  Una vez me pasó eso con un carozo y me asusté. Mamá no, y me metió la mano en la boca y me lo sacó. 

-Mamaaaáá,  me estoy aburriendo. Vení a jugaaar
-¡Callate, nena! Debe estar en el baño.
-¡Me callo si se me da la gana!
-Callate.

 Es gracioso cómo se escuchan las muelas cuando mastican. Y más si la tele no está prendida.  

-Maaaa- la llamó Santiago y se levantó. Yo también me levanté. Lo seguí hasta el baño. Golpeó la puerta. Le dije que golpeara más fuerte.  Me hizo caso. Casi nunca me hace caso.  Esperó un poco y entró.  Mamá no estaba.

-¡Pero así es la escondida que juegan todos! Yo quiero la que jugamos siempre.
-Pará Rocío, ¡no hicimos las camas!
-Uhhhhh…

Santiago tuvo razón,  nos habíamos olvidado. Llegué a la pieza pensando en decirle a mamá que siempre las hacemos, que no era para enojarse… No estaba. ¿Pero entonces? Un poco me enojé , porque las reglas son las reglas. Si inventamos, hay que cumplirlas.

La pieza de mamá era el último lugar para encontrarla. Me gusta que le guste jugar, pero así era feo.  Tenía que estar porque si no… Yo no la había visto salir de la casa. Era feo no encontrarla…Y además es trampa. Las reglas son las reglas.
Santiago entró primero y prendió la luz. El viento golpeaba las persianas y tuve que ayudar  a mi hermano a cerrar el ventanal. ¡Se estaba mojando todo! No sé, pero a veces la lluvia viene derechita, a veces no y se mete por cualquier lado. Y si el viento es fuerte, uy peor. A mí se me mojó un poco el buzo y a Santiago, no sé, pero qué raro que nosotros tuvimos que cerrar el ventanal porque es lo primero que hace mamá cuando los días son así.

 -¿Dónde está, Santi?
-No sé, Rocío, me estás apretando el brazo.
- Fue sin querer, nene.

Todavía no entiendo lo que pasó: cuando estábamos en la pieza de mamá escuchamos un hipo en el ropero. Nos acercamos despacio, como el día que encontramos un perrito y lo levantamos con cuidado para no asustarlo.
 Yo no me animé, pero mi hermano sí y abrió las puertas del ropero.

-¡Pero mamá, así no vale!
-Shhhh- me dijo mi hermano, y sin querer caminamos para atrás. Un poquito nomás.

Es que mamá estaba entre la ropa. Sí, y con la cabeza para abajo. Parecía un bicho bolita, creo que se doblan así los bichos bolita. Como yo cuando me pongo triste y no me aguanto no llorar.


-Mami- dijo Santiago y ella nos miró.

A mí me empezó a doler la panza.
Mamá tenía los ojos hinchados y rojos.  Pobrecita que estaba así.
Santiago la miraba. Qué tonto, la miraba y se mordía los labios. Después, las uñas. Yo pensé ¿y ahora? Porque para mí, él también tenía ganas de llorar.

 Al final,  Santiago se acercó a mamá y se agachó. Quise ir con él, pero me quedé y vi cómo le hacía caricias en el pelo.  La cabeza y los hombros le subían y le bajaban a mamá,  igual que me pasa a mí cuando lloro sin lágrimas.
Por suerte a Santiago se le ocurrió decirle:

-Ya pasa mami, ya pasa.

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