Los manchados de María Teresa Andruetto
A finales de 2011, Julieta viaja a Tama, ciudad de La Rioja,
para saber más sobre su padre. “Casi todo el tiempo que estuvo con nosotros se
quedó entre estas paredes. Después, cuando se fue hacia el Sur porque la chica
peligraba, vinieron a buscarlo los gendarmes (…)” Desde allí irá reconstruyendo identidad a través de,
principalmente, conversaciones con mujeres que son familiares o han conocido a su padre. Esas voces evocarán las
insurrecciones diaguitas y al Chacho Peñaloza, los fusilamientos en los basurales de José León Suarez,
los bombardeos en Plaza de Mayo, la última dictadura cívico militar, entre
otros acontecimientos de la historia
política de nuestro país.
Geográficamente lejos de Macondo, pero con su aire de
pasiones, desgracias, entreveros y genealogía familiar, la novela está narrada
por voces en primera persona y con los diversos modismos del noroeste. Ese modo coral y de rescate de
la oralidad popular le da colores y
perspectivas distintas para esa búsqueda y reconstrucción en la que las
reiteraciones y contradicciones tienen sentido. “Así sucedieron las cosas, niña
Julieta, como le digo, y de ahí dimana todo (…) Esta pariente que le mento, la
mujer de ese cabo que estaba en servicio, es quien me ha contado la mala vida
que el Manchado le daba a su abuela”
La voz de Julieta no aparece explícitamente. La vamos
conociendo a partir de la interacción en las conversaciones que narrativamente
no son diálogos, sino una suerte de monólogos en los que Andruetto la visibiliza
con el artilugio de la charla. “Hay algunas cuestiones que no viene al caso
decirle a usted, asuntos que ni Pepe ni yo le preguntamos nunca a su papá, por
discreción, porque nos pareció que ya tenía bastante con lo que le había
tocado…Lo veíamos sufrir, y como nos encariñamos con él, no preguntamos cuál
era el verdadero motivo por el que andaba escapando (…)” La sensación es que
estas hospitalarias mujeres mantienen la charla con quienes estamos
leyendo, se siente la invitación y hasta
el leve gesto de ofrecer un té o un
tamal para acompañar el diálogo.
Julieta y quienes leemos estamos en una posición de paridad avanzando una a una las páginas. Develamos y reconstruimos al mismo tiempo.
Otro recurso que Andruetto pone en juego, es que una de las
voces se intercala cada tanto como
narradora en tercera persona, ratificando o aportando datos y ayudando a
completar el hilo narrativo. Este punto de vista se corporiza en capítulos de
un libro escrito por una de las mujeres entrevistadas por Julieta. ”
Efectivamente, Julieta, mi apellido es Linares, soy la autora de ese libro de
memorias que menciona y desciendo de esa Martirio Linares de la que habla, soy
nieta de una hija que ella tuvo cuando ya era grande, pero como no me crió mi
madre sino otras muchas mujeres que vivían en la casa, no podría decir a cuál
de todas ellas cabría llamar mamá…”
El libro, al que se alude en las conversaciones, cuenta
la historia de Tama. El efecto
es el de salir y entrar en la historia de ficción. Y es a su vez, para los
lectores de Andruetto, un diálogo con su obra, en particular con las novelas Tama y Lengua Madre.
Como en Cien años de
soledad, quienes estamos
leyendo nos vemos en la gran tentación de completar el árbol genealógico de Los Manchados para no perdernos. “En cuanto a Martirio Linares, vendría a ser abuela de
Emérita y Arminda, que son hijas de mi tía Zenobia, también abuela mía, por lo
que puestos a considerar, había sabido ser que Emérita y Arminda, por una
parte, y yo, por otra parte, venimos a ser primas”
“En cuanto a su papá, pobre, recuerdo que en aquel tiempo y
con todos los problemas que teníamos, estaba preocupado por una mancha que
tenía en el brazo, un lunar gordo y lleno de pelos; quería sacárselo”. Por
suerte y paradójicamente, no hay una
sola certeza de a qué responde el título de esta novela en la que el
universo de los humildes y, en particular de las mujeres, lleva las riendas.


Dan ganas urgentes de leer. Gracias!
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